mayo 12, 2015
(larepublica) Lloran sin motivo aparente. No es un llanto prolongado, sino rápido y silencioso. Son lentos, se equivocan, faltan a trabajar. En el fondo, usted sabe que no es porque no tengan talento, sino que parece que ya no les importan sus responsabilidades. Y, probablemente, es verdad. Esos profesionales que están frente a usted no son los mismos que llegaron por primera vez a firmar el contrato.